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La villa ducal se prepara para una de sus celebraciones más arraigadas, en la que historia, fe y patrimonio se funden en procesiones únicas que reúnen a vecinos, visitantes y pastraneros que regresan estos días a su pueblo
Pastrana vuelve a sumergirse en los días más intensos de su calendario con la celebración de la Semana Santa, una tradición profundamente arraigada que trasciende lo religioso para convertirse en una expresión viva de identidad colectiva. La devoción y el recogimiento se sienten no solo en la iglesia colegiata, el convento de San José o la ermita del Calvario, sino también en cada rincón de la villa y en el corazón de los pastraneros.
En estas fechas, el municipio recupera su pulso más íntimo con el regreso de quienes viven fuera por motivos laborales, al tiempo que recibe a numerosos visitantes atraídos por la belleza de sus procesiones, que recorren el casco histórico monumental. Entre todas las imágenes, destaca de forma especial la de Nuestro Padre Jesús Nazareno, la más querida y venerada por los fieles y auténtico eje devocional de la Semana Santa pastranera.
La imagen del Nazareno, una talla de vestir con rostro, manos y pies tallados y pelo natural —característica propia del arte barroco—, se conserva en el convento de San José de las religiosas concepcionistas, donde está documentada desde finales del siglo XVI. Aunque se desconoce su autoría, su presencia ha estado siempre ligada a este convento y a la vida espiritual de la villa. Representa a Jesucristo con la cruz a cuestas, en la segunda estación del Vía Crucis, vestido con la característica túnica morada que simboliza la burla de los soldados romanos al proclamarlo Rey de los Judíos.
La devoción al Nazareno hunde sus raíces en siglos de historia. Ya en el siglo XVII existen referencias al Vía Crucis, uno de los momentos más sobrecogedores de la Semana Santa. Durante siglos, la designación de los hombres encargados de portar la imagen correspondió a la Casa Ducal de Pastrana, pasando posteriormente esta responsabilidad a la abadesa del convento, tradición que se mantiene hasta hoy a través de las religiosas concepcionistas.
La talla también es testigo de la historia reciente. Durante la Guerra Civil sufrió daños en el rostro, visibles aún hoy, tras un acto de violencia iconoclasta. Como desagravio, finalizado el conflicto se celebró una procesión extraordinaria para devolver la imagen a su convento, reforzando aún más el vínculo emocional y espiritual entre el Nazareno y el pueblo de Pastrana.
Cada madrugada del Viernes Santo, cientos de fieles acompañan al Nazareno, muchos de ellos cumpliendo promesas, descalzos o en silencio, en una manifestación de fe transmitida de generación en generación. Es, sin duda, el momento de mayor intensidad y el que mayor expectación despierta entre vecinos y visitantes.
Junto a esta profunda devoción, la Semana Santa pastranera se sustenta también en el trabajo de sus hermandades. Destaca la del Santísimo Cristo de los Milagros, fundada en 1728 y recuperada en 2004, que ha devuelto a las calles imágenes históricas como la talla del Cristo, del siglo XVIII, tras décadas sin procesionar.
Las calles empedradas, las fachadas históricas y espacios emblemáticos como el Palacio Ducal se convierten así en escenario de una celebración que combina solemnidad, silencio y emoción.
Las celebraciones arrancan con los actos previos y el Domingo de Ramos, antesala de los días centrales. El Jueves Santo por la tarde tiene lugar el traslado de las imágenes de Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Virgen del Regazo desde el convento de San José hasta la colegiata, donde se celebra la misa con lavatorio de pies. A continuación, la Procesión de los Pasos recorre las calles acompañada por la Hermandad del Santísimo Cristo y por los sones de la Banda de Música de Pastrana y la Banda de Tambores.
La madrugada del Viernes Santo ofrece uno de los momentos más sobrecogedores, con el Vía Crucis. En silencio, a la luz de las velas y en ocasiones descalzos por promesa, los fieles acompañan a las imágenes en una subida cargada de simbolismo. Ya por la noche, la Procesión del Santo Entierro reúne a la Hermandad del Santo Entierro en un desfile marcado por el recogimiento y el respeto.
El Domingo de Resurrección pone el broche final con la Procesión del Encuentro, en la que la Virgen abandona el luto y cambia su manto negro por uno blanco al encontrarse con el Cristo resucitado, en una escena cargada de emoción que tiene como marco el patrimonio monumental de la villa.






